Inofensivos
Cuando conseguí el trabajo de enfermera en un hospital reconocido en Santiago, estaba emocionada. El edificio era imponente, con sus largos pasillos y grandes ventanales que daban a un jardín descuidado. Mis colegas me contaban historias sobre el hospital, sobre sombras que se movían en las esquinas, susurros en la noche y objetos que cambiaban de lugar por sí solos. Al principio, lo tomaba como simples leyendas, pero pronto comencé a experimentar cosas extrañas.
La primera vez fue en la noche. Estaba haciendo mi ronda cuando sentí una presencia detrás de mí. Me volví, pero no había nadie. Sin embargo, sentí un escalofrío que recorrió mi espalda. A partir de entonces, las cosas se pusieron cada vez más intensas. Escuchaba pasos en los pasillos cuando sabía que estaba sola, veía sombras moverse en las habitaciones vacías y, en ocasiones, sentía una sensación de frío intenso, incluso en pleno verano.
Una noche, mientras estaba en la sala de espera, vi una figura sentada en una de las sillas. Era una mujer joven, vestida con una bata de hospital antigua. Me acerqué para ofrecerle ayuda, pero cuando estuve a punto de hablarle nuevamente ese escalofrío recorrió mi cuerpo, ahí me di cuenta que era un fantasma. Desde entonces, la he visto varias veces en diferentes lugares del hospital. Dicen que es el fantasma de una paciente que murió hace muchos años en un incendio.
A pesar del miedo, no puedo evitar sentir una conexión con este lugar. Creo que estas presencias son inofensivas, simplemente almas perdidas que no pueden descansar en paz.
