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El dinero no importa

Mi mamá, al igual que sus hermanos, es profesional universitaria. Sin embargo, a diferencia de ellos, decidió emprender su propio negocio, el cual sentó las bases del proyecto que, treinta años después, iniciamos con mis hermanos. Aunque, como nuestros primos, somos profesionales, no teníamos las mejores notas en el colegio ni nos destacamos por nuestro comportamiento. Esto ha llevado a que, hasta el día de hoy, en la familia (entre comillas) nos vean como zánganos que se aprovechan de nuestra madre, cuando, en realidad, quienes se han beneficiado durante mucho tiempo han sido ellos y sus respectivas familias.

Nuestra madre es, sin duda, la persona más generosa que he conocido. Un claro ejemplo de esto es que cada año, los recolectores de la basura le envían tarjetas y regalos en Navidad, lo que refleja el cariño y aprecio que le tienen. Ella ayuda económicamente a todo el mundo, y tal vez esa sea la razón por la cual mis hermanos y yo no somos millonarios, aunque, en realidad, la plata no es lo que más nos preocupa sino su incapacidad de decir que no a quienes se aprovechan de ella. Esta situación nos obliga a realizar peripecias financieras para cumplir con nuestros trabajadores y los impuestos cada mes.

El motivo de esta confesión es que actualmente nuestra madre es quien más contribuye a los gastos de mantenimiento de nuestros abuelos, utilizando el dinero que nosotros, sus hijos, generamos con esfuerzo cada día, porque ella se jubiló hace diez años y su pensión es muy limitada. Recientemente, una de mis tías ha comenzado a insistir en que los nietos también deberíamos ayudar, lo que ha reavivado la molesta comparación entre primos. Considero que ellos, que tienen la posibilidad de contribuir más, deberían hacerlo, pero esa es una decisión que les corresponde a ellos.

Por mi parte, he establecido una transferencia programada mensual que apenas supera lo que ellos aportan, y he solicitado que dejen de presionarme al respecto, ya que no me interesa seguir escuchando comentarios basura. Me da lata porque precisamente fue una de mis tías la que mató la relación con nuestros abuelos pero me encabrona más saber que al final, aquellos a quienes se considera fracasados, zánganos o aprovechados somos, irónicamente, los que más contribuimos porque lo que se hereda no se hurta y terminamos siendo igual que nuestra madre, generosos pero tontos a la vez.



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