Espero mañana por fin animarme.
No sé si nací con mala suerte o me la gané, pero lo mío no es normal. Mira, hace dos días salí apurado de casa porque olvidé programar la alarma. Me tropiezo con el borde de la cama, pierdo el equilibrio, caigo, y cuando me levanto, ya iba tarde y descalzo. Me doy cuenta camino al trabajo porque el guardia del edificio me mira raro. ¡No traía calcetines con los zapatos! Y lo peor: eran unos mocasines cafes. Con mi terno negro. Sí, ya sé, una desgracia.
En el trabajo, todo bien... salvo por una compañera . Me mira como si yo fuera el culpable del patriarcado, pero me dice 'hola' todos los días, con esa sonrisa rara. Es pilla y no me caería mal, pero, hermano, le tengo pánico. Si digo algo fuera de lugar, seguro me escribe un hilo de X / twitter en vivo.
Ahora, a lo importante: una chica rellenita... Es perfecta. Tiene el cabello rojo como una bengala y ese tipo de curvas que, para mí, son puro arte. ¡No entiendo cómo no tiene novio! Ayer la vi en el comedor y casi me infarto. Me sonrió mientras se servía un pastel de zanahoria. Hasta me ofreció un pedazo, pero, con mi suerte, justo en ese momento mi jefe pasa detrás de mí y me grita: '¡Ya estás viendo comida en lugar de trabajar, como siempre!'. Se me cayeron las ganas de todo, menos de ella.
A veces pienso que debería ahorrarme todos estos bochornos y cambiarme de país, pero claro, no ahorro ni para comprarme un cepillo de dientes nuevo. Lo mío es gastar. Si mi billetera hablara, sería para insultarme. El otro día compré un masajeador para pies solo porque lo vi en oferta y ni siquiera lo uso, pero no tengo cómo pagar las vacaciones que juré regalarme este año.
En fin, así es mi vida: un vaivén entre el desastre y el intento de no perderme la mirada de esa pelirroja maravillosa. Quizá mañana me anime a hablarle. O no. Porque, con mi suerte, seguro le tiro el café.
