Una muerte inesperada
El cielo estaba gris esa mañana, pero no un gris furioso, no uno que amenazara tormenta. Era un gris tenue, casi perezoso, como si el día mismo no tuviera ganas de levantarse. Así me sentía yo también, mientras miraba tus ojos que aún brillaban, aunque apenas.
Había algo en mí que quería huir, algo que no sabía cómo sostener tu mirada sin sentir un nudo en el estómago. Eras todo lo que se suponía que alguien debía ser: amable, cálida, dulce en tus silencios. Y, sin embargo, había un peso invisible que me aplastaba cada vez que pensaba en el mañana.
“¿Estás bien?” me preguntaste, con esa voz que siempre lograba calmarme, aunque esta vez no hizo más que agravar mi culpa. Asentí, pero mentí. No lo estaba. Había estado repitiendo ese gesto como una rutina de supervivencia, temiendo que la verdad te rompiera.
Esa verdad, brutal y oscura, me consumía desde adentro: no eras tú el problema. Era yo. Era esta sensación de cargar un reloj sin pilas, de caminar en círculos en una pieza cerrada, de fingir un amor que había perdido su chispa sin que nadie supiera cómo ni cuándo.
Esa tarde, mientras el sol intentaba salir a través de las nubes, me senté frente a ti con el corazón latiendo lento, como un tambor al borde del silencio. Hablar de eso era como sostener un arma invisible. Cada palabra pesaba tanto como un balazo.
“Te quiero”, te dije primero, porque era verdad, pero no suficiente. Me miraste con una mezcla de alivio y miedo, como si hubieras estado esperando esa confesión para luego temer lo que venía después.
“Pero...” Y ahí estaba. El pero que siempre carga el filo de la navaja. “No puedo seguir.”
Tus ojos no se llenaron de lágrimas de inmediato. Fue más cruel que eso: primero me miraste como si yo fuera un extraño, como si no entendieras lo que estaba pasando, y luego, lentamente, lo entendiste todo.
Sentí que te mataba. No literalmente, pero casi. Era como apretar un gatillo que no quería apretar, pero que sabía necesario. Porque esto no era vida; no era futuro. Era una simulación, un cuadro bonito colgado en una pared que se desmoronaba.
Y cuando por fin te levantaste, no dijiste nada. Te diste la vuelta y cerraste la puerta. Pero yo quedé ahí, con las manos vacías y el alma partida, consciente de que el cuerpo que había matado era el mío, porque el peso de esa decisión me acompañaría siempre.
El sol salió un rato después, indiferente, iluminando un mundo que ya no me pertenecía.
