Quiza nunca fuimos compatibles.
Cuando nos casamos, mi mujer era fuerte, directa y con un carácter que creía que me equilibraba. Yo venía de una vida bien llevada: mi mamá siempre estuvo ahí para mí, cuidándome, preocupada de que nada me faltara. Mi hermana también, siempre dispuesta a hacer cualquier cosa por el bien de la familia. Pero mi esposa... ella nunca encajó en ese esquema.
Desde el principio, mi madre y mi hermana no le caían bien, y lo hizo evidente. Decía que eran “demasiado encima mío” o que “no me dejaban crecer”. Hasta la relación con mi papá ha tenido sus roces, aunque al menos a él le muestra un poco más de respeto. La paciencia se me agota, pero, de alguna forma, he aprendido a ignorarlo. Tampoco me agrada que odie a dos mujeres de mi pasado, como si no pudiera soportar que hayan existido antes de ella. Son amigas ahora, y hasta tengo una relación extramarital con una de ellas. No veo por qué debería sentirme mal al respecto; es una parte de mí que no quiero dejar atrás, especialmente con lo que sucede en casa.
Luego vino el embarazo, y todo empeoró. Ella se descuidó, dejó de cuidarse, y tras el nacimiento, se puso aún más imponente. Tiene lipedema en las piernas y, sinceramente, sus piernas no lucen bien. Sé que es un problema médico, pero no puedo evitar que me incomode. Ahora está más pesado, más amarga, y lo noto en cada discusión y en cada queja hacia mi familia.
Cada día en casa se siente más denso, como si ya no quedará nada de lo que una vez nos unió. He llegado a la conclusión de que, si ella va a seguir despreciando a mi familia y yo no puedo soportar lo que se ha vuelto nuestra vida juntos, tal vez esto no sea sostenible.
Mi relación extramarital se ha vuelto un refugio que, aunque no lo quiera admitir, me da el respiro que no encuentro en casa. Con ella siento esa ligereza que perdí. Sé que no puedo vivir así para siempre, pero por ahora no tengo la intención de cambiar nada. Me siento en una especie de limbo: la vida que tengo y la que quisiera están en conflicto, y ninguno de los dos parece ceder.
A veces pienso que el problema no es ni ella ni yo; Quizás simplemente fuimos una mala combinación desde el principio. Tal vez el hombre que creía que quería una mujer fuerte, segura, no estaba listo para lidiar con lo que realmente significaba.
Y aquí estoy, navegando entre una vida que debería ser mía y otra que me deja incompleta.
