En la puerta de la iglesia
Aquel verano, en un día radiante y luminoso, esperaba casarme con mi polola. Aunque siempre fui una persona solitaria por mi naturaleza, en aquel momento me sentía lleno de alegría y optimismo. Mi polola, una mujer de fuertes creencias, y yo, un hombre de pensamiento más cuestionador, parecíamos la pareja ideal.
Pero entonces las cosas cambiaron. Mi polola desapareció sin dar ninguna explicación. Encontré el silencio del registro civil insoportable, y la soledad se hizo cada vez más palpable. Me quedé allí, solo, lleno de dudas y preguntas sin respuestas.
A raíz de este acontecimiento, comencé a sentirme solo con más frecuencia. Me preguntaba si tenía algún valor, si había algo importante en mi interior. Sentía como si la soledad se instalara de manera permanente en mi vida.
A veces, recordaba a mis padres y me preguntaba por qué no me habían preparado para estos desafíos en la vida. Sus recuerdos, tan alejados de la realidad que estaba viviendo, parecían pertenecer a un tiempo que ya no existía.
Pero no todo era desesperanza. Escuché a alguien decir que había cosas por las que vivir y disfrutar. Al principio me costó aceptarlo, porque aún llevaba encima las marcas de la tristeza.
Entonces, decidí reflexionar. Quizás esto solo era una parte de mi vida, no el todo. Tal vez este momento difícil tenía como objetivo fortalecerme, o tal vez simplemente era un recordatorio de que en ocasiones estaré solo, y eso es normal.
El estar solo puede ser doloroso, pero tal vez debería aprender a estar solo sin sentirme solo. Así podré esperar días mejores, incluso ante la mayor adversidad. Porque aunque esté solo de nuevo, es simplemente parte de la vida. Y quizás este momento de soledad sea solo una pausa antes de volver a encontrar la alegría.
