Cambiado por una planta
Bueno, ahí va la historia de este tipo, el clásico amigo que todos tenemos, ese que si no fuese por la mala suerte, no tendría suerte alguna. Trabajaba en una de esas oficinas con cubículos tan apretados que podías casi saborear el almuerzo de tu vecino, incluso desde dos hileras de distancia. Esos lugares que convierten cualquier día bonito en un terrible lunes gris.
Una vez, en los laberintos de pasillos llenos de conversaciones sobre el clima y quejas sobre la impresora perpetuamente rota, conoció a su futura pareja. Después de varios intentos torpes de charla junto a la máquina de café, finalmente algo hizo clic entre ellos. Se casaron un año después.
La vida era rutinaria pero feliz, o eso creía nuestro protagonista. Iban al trabajo, veían series en las noches y debatían sobre qué bebidas comprar. Hasta que un día, la pareja conoció a alguien más. Un tipo sacado de una novela de tercera, pero sin el encanto. Trabajaba un piso más arriba, se supone que haciendo algo importante con gráficas y reportes.
Resulta que este nuevo personaje tenía la costumbre de bajar por su café al piso de nuestro protagonista, casualmente donde también estaba el mejor surtido de galletas. Y así comenzó todo, entre galletas y café. Nuestro protagonista, siempre el último en enterarse, solo se dio cuenta cuando un día llegó al trabajo y encontró que su foto familiar había sido reemplazada por una planta de plástico.
La pareja había partido con el recién llegado. Sí, en un giro digno de un melodrama, decidieron dejar a nuestro protagonista por el tipo de las gráficas y los cafés amargos. Y lo peor, se llevaron la cafetera, dejando a nuestro amigo no solo sin compañía, sino también sin su indispensable café matutino.
Ahí estaba, frente a su cubículo, contemplando la planta de plástico, considerando si debería empezar a traer su café de casa. Y en ese momento, en ese pequeño y silencioso acto de desafío al destino, decidió que era hora de un cambio. Cambiar de ambiente laboral, o al menos, cambiar de cafetera.
Así que, al final, encontró su felicidad. No en el amor, ni en las dinámicas de oficina, sino en una nueva máquina de café, de esas modernas que hasta hacen espuma. Porque, a veces, lo único que necesitas para seguir adelante es un buen café.
