La Luz de Buenos Aires
Recuerdo claramente el día en que entré por primera vez a la pequeña agencia de publicidad ubicada en el corazón de Providencia, en Santiago de Chile. Las calles estaban vivas con el murmullo de una ciudad que nunca se detiene, y los Andes se cernían en la distancia como testigos eternos de mi nuevo comienzo. Mi nombre es Luz -una traducción un tanto literal que adopté para mí después de dejar atrás mi vida en Buenos Aires- y esta es mi versión de una historia que se contó demasiadas veces, pero jamás desde mis ojos.
Fue en ese lugar peculiar donde lo conocí a él: Tomás, aunque todos le llamaban Tom. Era un apasionado de la arquitectura, aunque paradójicamente trabajaba diseñando anuncios para una variedad de marcas. Su talento era innegable, pero su corazón parecía estar en otra parte; en los edificios coloniales de Barrio Lastarria o en la moderna elegancia de los rascacielos que dibujaban la línea del cielo en El Golf.
Tom vivía y respiraba poesía en las formas menos convencionales. Lo vi por primera vez en la cocina de la oficina, con una taza de café que llevaba la impronta de un pálido mapa de la ciudad. Sus ojos se encontraron con los míos, y hubo un destello de curiosidad en ellos. Creo que fue el acento lo que nos llevó a nuestra primera conversación real, tras él malinterpretar mi pedido de un "cafecito" por un "coffee para llevar."
Nos volvimos inseparables. Recorrimos las calles empedradas de Santiago, comiendo unas chorrillanas en los barrios bohemios y disfrutando de paseos bajo los jacarandás en flor. Pero siempre fui honesta con Tomás. Nunca prometí un amor eterno ni una pasión inquebrantable. Amaba la compañía, pero mi corazón era como esas callecitas serpenteantes de Valparaíso que había visitado una vez; lleno de giros inesperados y muros que a veces se levantaban demasiado alto.
Tomás, sin embargo, soñaba con un relato diferente, uno que yo no podía —o quizá no quería— coescribir. En su mente, estábamos destinados a ser los protagonistas de una novela romántica, con un final feliz frente al imponente Palacio de La Moneda o en algún mirador del Parque Metropolitano, con toda la ciudad a nuestros pies.
Pero la vida, aprendí, no sigue el guion que otros escriben para ti. Así que escribí mi propio final, uno en el que seguía mi pasión por la música y exploraba senderos solitarios en el Parque Forestal. Me mudé a un pequeño departamento cerca del Bellas Artes, donde las paredes estaban llenas de arte y mi guitarra nunca estaba lejos de mi alcance.
Últimamente, he oído que Tomás finalmente se animó a seguir su verdadera vocación y está estudiando arquitectura en la Universidad Católica. Me alegro por él, de verdad. Nuestras vidas se entrelazaron por un breve capítulo, y aunque no terminó en las páginas de un cuento de hadas, cada uno encontró su propio camino.
Y mientras escribo estas líneas desde la terraza de un café con vista al cerro Santa Lucía, puedo decir que, aunque no me llamo realmente Luz y Santiago fue solo una parada en mi viaje, cada persona que conocí y cada experiencia que tuve en esta ciudad vibrante fue una estación en sí misma, vital para mi historia personal, en los días que pasé en Chile.
