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Las cosas se harán de alguna forma

Trabajo en atención al público y hace aproximadamente un mes llegó un joven de unos 20 años. Necesitaba realizar un trámite para lo cual debía descargar un documento desde una página web y completarlo con sus datos. Me dijo que no sabía cómo hacerlo y que no tenía tiempo, ya que en 2 horas debía hospitalizarse. Casi se puso a llorar. Le indiqué que, por instrucciones superiores, no podíamos hacerlo, pero que solo en esta ocasión lo haría. Descargué el documento, lo imprimí (tampoco deberíamos haberlo hecho) y se lo entregué para que lo completara con sus datos. Le sugerí que se sentara, lo completara con calma y que, cuando estuviera listo, pasara sin necesidad de obtener un número. Mientras lo atendía, se levantó varias veces para preguntarme "¿qué debo poner?", y en realidad eran datos personales: su nombre, dirección de trabajo, cargo que desempeñaba, AFP, etc. ¡Finalmente lo completó! Se fue agradeciéndome por la ayuda, y yo me quedé satisfecha por mi trabajo, pensando en que podría ser mi hijo.

Regresó nuevamente esta semana y lo atendió mi colega. Le dio las mismas indicaciones para el trámite, pero ella no lo descargó y le explicó que debía completarlo y enviarlo por correo. Lo envió por correo, pero en blanco. Por lo tanto, volvió al día siguiente, y esta vez lo atendí nuevamente yo. Le recordé que recordaba su caso y le hice saber que lo había ayudado a completar el formulario la vez anterior. Además, le recordé que esa había sido la única y última vez que lo haría. Comenzó a discutir, alegando que nadie le había explicado cómo hacerlo, que yo no lo había ayudado y que era mentira. Luego, se puso a llorar, sí, juro que lloró. Hizo un alboroto, y en ese momento, la encargada de la unidad salió a ver de qué se trataba. Le pidió que entrara a su oficina para atenderlo. La jefa descargó el formulario y en su oficina le ayudó a completarlo. Al final, él se fue mirándonos con una expresión de satisfacción.

Terminada la jornada de atención, la jefa salió a regañarnos, ya que el joven había afirmado que mi colega le había dado instrucciones incorrectas y que yo lo había atendido de manera inadecuada tanto esa vez como la anterior. Además, mencionó que también había tratado mal a una abuelita que atendí antes que a él. Esto me causó mucha rabia, así que le expliqué a la jefa que era falso. Le detallé lo que había sucedido con el joven y las instrucciones que le había dado amablemente a la abuelita. Afortunadamente, la jefa recordó y reconoció haber escuchado lo que le había dicho a la abuelita. Se dio cuenta de que el joven había mentido, lo cual me tranquilizó.

En este caso, se presenta un ejemplo de la generación actual. Estos son los jóvenes que estamos criando: acostumbrados a que sus padres hagan todo por ellos. No les interesa aprender, saben que llorando y mintiendo siempre obtienen lo que quieren. Y ahora, como adultos, siguen haciéndolo. No les importa conseguir sus objetivos a expensas de los demás.



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