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Inicios laborales

Por el año 2007, había recién cumplido 18 años y mi mamá me mostró un aviso del diario donde se pedía gente sin experiencia mayor de 18 años. Me pareció raro, pero fui de todas formas a una entrevista abierta (donde uno se presenta a cierta hora en un edificio y te hacen pasar de a varios). Esto era en un edificio antiguo y no se veía para nada turbio. O eso pensé en el momento.

En fin. Nos hicieron pasar a la entrevista de a dos. El manager era como “el terrible jefe” y se trataba de hacer el superior y daba vergüenza ajena. La verdad es que yo venía de un colegio pituco y lo traté como un igual, básicamente. Me hicieron un par de preguntas, y entre esas me dice “aah, llu spikininglich” (inserte emoji dando vuelta los ojos), le respondí en inglés para hacerme la bakan y no me supo responder y dio por finalizada la entrevista.

La cuestión es que su entrevista fue una basura mal preparada, y por más ineptos que fuéramos con el que me tocó entrar, quedamos los dos. Creo incluso que quedamos todos los que fuimos a la entrevista ese día, para hacerles una idea de lo basura que era el proceso. Todavía no nos decían qué era el trabajo y ni cuánto nos iban a pagar. Gran sorpresa se llevó mi vieja cuando le dije que había quedado pero no sabía en qué ni por cuánto.

Me hicieron ir al otro día a las 9 am al mismo edificio y se escuchaba reggaetón a lo lejos. Primera bandera roja. Yo había llegado como 15 mins antes y entro a una oficina sin muebles, con una campana colgando en medio del techo, que olía mal, lleno de gente parada y me presenté y uno me dijo “aah, aprovecha de tomar desayuno”. Y me llevaron a un bañito con un lavamanos que adentro tenía tazones a medio lavar.

Me fui a esperar al jefe a un rinconcito porque no quería hablar con ninguno de los que estaba ahí y cuando ya eran las 9, se juntaron todos alrededor de la campana y empezó el jefe gritando oración por oración y el resto repetía lo que él decía. El cántico era algo como “vendo estos productos, estamos en el lanzamiento, tu vecina me compró dos, tome, tenga, AGARRE!”.

Por Dios, en que me metí, pensaba yo. Ya estaba ahí y mi curiosidad era más grande que mi vergüenza ajena. A los “nuevos” nos pasaron un instructivo con fotos donde estaba el proceso de vender. Ahí finalmente supe que era una venta puerta por puerta con una línea de perfumes flaites alternativos para una marca mal traducida al inglés. La guía mostraba estrategias de venta como decir que la vecina había comprado 4 y entonces la persona por envidia compraría 8 y estupideces de ese estilo. Los perfumes olían a alcohol y plástico, y tenían un valor de $2500 cada uno.

Nos presentaron a nuestro guía (que tenía primer y segundo nombre gringos, andaba con un terno brillante y hablaba como los ejecutivos de Santiago1) y él se iba a hacer cargo de las cajas de perfumes para poder ir a la punta del cerro a vender estas porquerías.

El primer día viajamos como una hora a los exteriores de la ciudad con este guía. Nos bajamos cerca de una fiambrería y nuestro guía se puso a conversar con uno que trabajaba ahí y le pidió guardar las cajas. Nos pasó como 10 a cada uno y lo acompañamos a vender, en realidad para ver cómo lo hacía. En las primeras 10 casas, con cuea nos abrieron la puerta, porque imagínense, que te toque el timbre un grupo de 6 personas, todos terneados, con cara de idiotas y bolsas en las manos parados atrás de nuestro jefe el pinganilla. Más encima el tipo preguntaba el nombre de la persona que nos atendía y nadie se lo daba.

Después de 2 horas de tocar puertas y ser rechazados, volvimos a la fiambrería y ahí el guía nos dijo que ya habíamos visto suficiente, y nos hizo salir solos a vender esas baratijas y ahí nos dijo que por cada perfume, íbamos a ganar $250. En cada paso que daba hacia las casas que debía visitar, me cuestionaba todas las decisiones que había tomado en mi vida que me llevaban a ese momento, y con vergüenza trataba de pensar en cómo salirme de ese trabajo. Curiosamente, cuando fui sola, me abrían la puerta las casas y hasta me hacían pasar. Haciendo uso de mi inglés para decir el nombre de la marca, presentaba los productos con elegancia y decía que uno por 3 lucas, dos por 5. Que manera de mentir vendiendo esas baratijas. Me compraron 4 esa vez, y un señor de la panadería me dijo que me iba a comprar 2 porque le di pena, y me dijo que mejor le ayudara a vender su pan de pascua, que me ganaba 500 por cada pan que vendiera y así no tenía que andar vendiendo estas cuestiones. A la hora del almuerzo, volví con mi bolsa más ligera y le pasé la plata al guía y se la quedó toda. Me dijo que el primer día no iba a ganar comisión, sino que del día 2 en adelante. Me había cagado.

Cuento corto, al otro día fuimos a otro barrio peligroso y mismo cuento. Vendí otros pocos estando sola y me volvió a cagar el guía. Me dijo que había escuchado mal y recién en el día 3 ganaba comisión. Esa tarde le conté a mi mamá en lo que andaba y me dijo que mejor llevara la caja para la casa y me los compraba todos ella que no anduviera por barrios pungas y menos de vendedora ambulante. Estaba horrorizada.

Al tercer día fui igual y avisé que ya no volvía, que no era lo mío y que les deseaba suerte. Mi familia todavía se ríe de mi cuando nos acordamos de eso.

Ah, y la semana después, fui con mi CV por las calles de la ciudad y entré a un local con ventanas oscuras. Entré a presentarme y ofrecí mi cv y el dueño me dice; estás segura que quieres trabajar acá? Usté se ve de buena familia y jovencita y este es un café con piernas. Me fui y creo que encontré un trabajo de garzona en el que estuve todo el verano, pero omaigá!, las historias que tengo de mis inicios laborales.



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