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Soy profesora hace 13 años y siento que cada vez está menos valorado mi trabajo, lo cual se evidencia con la confesión a la cual respondo.

Actualmente salgo de mi casa de lunes a viernes antes de las 6 de la mañana para llegar temprano al colegio en el cual trabajo y así tener todo 'al día', cosa que no he podido lograr. Solo en las mañanas realizo aproximadamente 80 minutos extras a mi jornada laboral, los cuales no son remunerados (si los sumara todos serían casi 27 horas extras al mes). Esto es sin considerar los días en los cuales debo llegar a trabajar en las tardes a mi casa (por lo menos uno o dos días a la semana) y los sábados o domingos (trato de que sea fin de semana por medio, pero toda una tarde), porque ahí podría duplicar o incluso triplicar las horas adicionales a mi jornada de trabajo.

Además, debo tener la paciencia y empatía para enseñar a mas de 400 alumnos, conocer sus necesidades y como llegar a cada uno de ellos. Tengo alumnos TEA, otros con depresión, algunos con temas familiares u otras condiciones, y en cada uno de estos casos se debe actuar de una manera distinta: a algunos no se les puede hablar directamente, en cambio a otros si porque sino se sienten menospreciados; algunos necesitan ser mirados constantemente para sentirse validados, en cambio a otros no puedes mirarlos mucho porque se sientes acosados; algunos necesitan que se les pregunte constantemente como están y ser escuchados, en cambio a otros no se les puede preguntar esto porque sienten que a uno no le debería interesar; y así un sin fin de ambivalencias dentro de una misma sala de clases. Debo tener 100% identificado cada caso porque sino los alumnos entran en crisis y empiezan a golpear mesas, tirar sillas, se autolesionan o incluso intentan tirarse por la ventana del edificio. Y aunque siga las 'instrucciones de cada caso', igual ocurren estos episodios de crisis, en donde debo conservar la calma para apoyar al alumno, sin olvidarme del resto del curso que también se ve afectado. Al final del día, mi cansancio no es solo físico por las extensas horas de pie o mental por el exceso de concentración que es estar frente a un curso, sino que también es un cansancio emocional que no cualquiera entiende y es capaz de sobrellevar. Hay días en los cuales la angustia es tanta, que solo llego a casa en busca de un abrazo de mi marido para poder desahogarme.
Hay ocasiones en las cuales los mismos alumnos buscan algún profesor para contarles sus problemas: papás en proceso de separación, fallecimiento de algún ser querido, enfermedades de familiares, etc. y debo estar en una buena situación emocional y con la disponibilidad de tiempo para escucharlos.

Ahora hablemos de la preparación de clases (guías, trabajos, evaluaciones, etc). Tengo 13 cursos, repartidos en 7 niveles distintos, y para cada uno de ellos debo preparar el material acorde, siempre buscando nuevas estrategias en beneficio del aprendizaje. Y cuando hablamos de pruebas debo preocuparme de que, pese a ser el mismo nivel, sean pruebas distintas para evitar que se copien (es decir, 13 pruebas distintas); incluso dentro de un mismo curso hago formas distintas también para disminuir la probabilidad de copia (o sea, 26 pruebas distintas). Considerar también que los alumnos con NEE deben tener una evaluación acorde a sus necesidades (ahí podemos aumentar una prueba por cada alumno con esta condición).

Sumemos también el trabajo administrativo: planificaciones anuales, semestrales, de unidad y, por si fuera poco, clase a clase. Siempre considerando los distintos tipos de aprendizaje de mis alumnos, es decir, realizando variedades de estrategias educativas las cuales deben quedar registradas en estos documentos de manera clara y explícita.

Todo esto es sin considerar las reuniones, consejo de profesores y lo más importante y agotador, las atenciones de apoderados. En este último pinto solo diré que no hay como darle en el gusto a todos y que hay que tener una infinita paciencia para aguantar las faltas de respeto o desvaloración que hacen del trabajo docente. La mayoría de las veces estos apoderados son los mismos que tienen hijos a los cuales hay que entregarles valores porque en casa no se los entregan, por lo que al atenderlos uno logra entender porqué sus hijos son así.

Para ir terminando, solo me falta añadir dos puntos importantes:

1. Me encanta mi trabajo y no lo cambiaría por ningún otro; por lo mismo quiero aclarar que esta confesión no es una queja contra mi labor, sino que una respuesta a los comentarios desatinados que he leído por aquí (sí, soy docente de vocación).
2. En estos momentos mi situación es muy distinta a la de muchos colegas: trabajo en un buen colegio (sector privado, con buena remuneración y 'pocos alumnos' por sala), además tengo estudios de postgrado que hacen que mi sueldo aumente. Es decir, que pese a todo lo descrito, estoy en la gloria en comparación a la realidad docente de nuestro país.

Así que, por favor, antes de criticar trate de averiguar y ponerse un momento en los zapatos de las demás personas. Solo de esta manera podremos lograr, en algún momento, tener una sociedad más feliz (yo lo soy y, por lo mismo, no ando tirando mie... a los demás).



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