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Nadie tiene la culpa

Leyendo la confesión #52894 de "Las madrastras son buenas", quiero contarles mi historia. Tengo una relación de 8 años con mi esposo y unas gemelas de 4 años.

Cuando conocí a mi esposo, él ya tenía una hija de aproximadamente 6 años de una pareja anterior de la cual estaba separado desde hace 3 años. Mi marido es un hombre muy trabajador y un gran papá, pero fue engañado por su ex pareja durante meses mientras él trabajaba y le proporcionaba una vida de princesa. Mientras tanto, ella se entretenía con el vecino de unas calles cercanas. Hasta que todo salió a la luz y él se fue con lo puesto, dejando la casa para ella y su hija.

Cuando yo lo conocí, ganaba un poco más del salario mínimo y le depositaba semanalmente dinero a su ex para la niña y sus gastos. Además, viajaba al otro lado de la ciudad 4 días a la semana para salir a comer y ver a su hija. La llamaba diariamente en el almuerzo y los fines de semana iba a buscarla y a dejarla. En resumen, se gastaba casi el 80% de su sueldo entre la pensión y las salidas con la niña, que, claro, consistían en costosos gustos que la mamá le aconsejaba pedir. Con lo que le quedaba, ayudaba a pagar el arriendo a su mamá, la despensa y el transporte al trabajo.

Cuando empezamos a salir, no dije nada porque en realidad no sabía si llegaríamos a tener una relación seria. Pasados 3 meses, todo apuntaba a algo más serio, y él decidió presentarme a la niña. Estaba muy nerviosa y organicé una salida entretenida para conocernos. Para mí, era algo importante, y todo resultó muy bien. Puse todo de mi parte para que así fuera. A los 6 meses, decidimos vivir juntos. Yo trabajaba, pero el tema del dinero se volvió relevante. Le hice ver que si quería hacer una vida conmigo, debía entender que el 20% de su sueldo no sería suficiente. También le dije que estaba dando demasiado dinero para la alimentación, considerando que le dejaba una casa, un auto, etc.

Le sugerí que, en el fondo, debería darle algo acorde a su realidad económica o buscar un trabajo mejor remunerado. Luego de esa conversación, solicitamos las visitas como correspondía, ya que muchas veces ella se ausentaba sin avisar para que mi esposo perdiera el viaje.

A pesar de todo, la relación con mi hijastra siempre fue excelente. Adoraba los fines de semana porque realmente lo pasábamos muy bien. A veces, veía en ella una niña manipuladora con su papá, pero consideraba que era normal. Hasta que quedé embarazada, y todo cambió. Ella, a pesar de estar contenta, se comportó de manera extraña hacia mí. Tenía 8 años en ese momento y me hacía bromas pesadas cuando mi esposo no estaba en la misma habitación o salía a comprar, etc. Entendí que eran celos y hablé con mi pareja. Decidimos hablar con ella y decirle que la amábamos y que eso nunca cambiaría, aunque llegara un bebé. Ella nos contó que en su casa le decían cosas al respecto y por eso estaba tan enojada. Al parecer, la envenenaron con mentiras.

Aquí es cuando empezaron las mentiras. Ella llevaba y traía información: en nuestra casa hablaba mal de su mamá y su padrastro (el vecino), y allá hablaba mal de nosotros. Hasta que un día inventó que yo la había golpeado. Ese momento fue devastador para mí. Me dolió muchísimo que mintiera de esa forma. Aconsejé a mi pareja que la llevaran a una terapeuta infantil, ya que claramente necesitaba acompañamiento. Hicimos el esfuerzo de pagarle las sesiones y él la acompañó a la primera, pero luego la madre de la niña debía llevarla, y resulta que solo la llevó a la primera sesión y nunca más. El dinero que le dábamos para la terapia lo gastaban en el centro comercial tres veces al mes. Mi esposo la demandó por infringir los derechos de la niña y por la custodia.

Nos fue muy mal en el juicio, no ganamos la custodia, pero logramos que la niña asistiera obligatoriamente a terapia. Nacieron mis hijas y me rendí. La niña venía a mi casa, y un día que mi pareja salió a comprar para almorzar, ella quiso quedarse. Mis bebés estaban durmiendo, y ella me pidió que le sirviera jugo. La perdí de vista por un segundo, pero algo en mi corazón me alertó, así que fui a la habitación. La niña tenía una almohada lista para ahogar a una de mis bebés. Hablé con ella y la saqué de la habitación, luchando conmigo misma para no reaccionar con violencia. Solo le pregunté cuál era su intención, y me respondió que solo quería jugar, luego salió corriendo a la sala. Mi pareja llegó, y yo rompí en llanto, sin saber qué hacer. Solo quería a esa niña lejos de mí. Mi pareja intentó minimizar la situación y entró en conflicto con sus sentimientos. Todo esto me causó depresión postparto porque cada vez que ella venía, me invadía la ansiedad.

Finalmente, a los 6 meses, se nos dio la opción de vivir en otra ciudad, y nos mudamos, estamos a 4 horas de donde vive la niña. Ella nunca reconoció en terapia lo que hizo, por lo que me sentí como una mentirosa. Después de 1 año, la niña manifestó que quería volver a estar con nosotros. Mi pareja la visitaba sin falta y pagaba la pensión. Decidimos darle una oportunidad y se vino durante un mes completo durante las vacaciones. Fue el peor mes de mi vida. Como mis bebés aún eran pequeñas, yo me quedaba en casa mientras mi pareja trabajaba en nuestro negocio que está en nuestra casa. La hijastra se mostraba violenta y molestaba a mis hijas. Rompió sus cosas y descubrí que rompió algunas de sus prendas de ropa. La niña me faltó al respeto muchas veces, y aunque entendía que su maldad y comportamiento eran producto de años de envenenamiento por parte de su familia materna, decidí poner límites para proteger a mis hijas, quienes no eran culpables de nada. Mi deber era con ellas, no con mi hijastra.

Tuve muchas peleas con mi pareja porque él no quería ver la realidad. Pero luché por mí y mis hijas, por su integridad física y mental y, sobre todo, por la tranquilidad de mi hogar. Jamás me pondría en contra de que mi pareja ejerza su paternidad. Él sigue llamando a diario y la visita cada fin de semana. Sin embargo, ya no viene a mi casa.

Hoy en día, la niña tiene casi 13 años y solo se interesa por su padre cuando hay dinero o algo material de por medio. No me llamó para el día del padre porque estaba molesta, ya que él no le compró las zapatillas que quería. La mamá quedó nuevamente embarazada del vecino, y ahora la niña le hace la vida imposible a su madre. En fin, el karma existe.

Escribo esto para que antes de juzgar a las madrastras malas, consideren que es muy romántico decir "los niños no tienen la culpa", pero los niños malos sí existen. Además, si son criados por personas malas, eso los potencia. Aunque uno sabe desde el principio que, al emparejarse con alguien con hijos, puede salir bien o mal, lo importante es entender que como personas tenemos todo el derecho de decidir no involucrarnos más como madrastras. Hay límites en la vida que uno no puede traspasar solo por amor. A pesar de luchar años por ser la mejor madrastra, siempre seré vista como la mala.

Ahora soy la mala, pero estoy en paz mental y tengo unas hijas felices. Hablamos de su hermana, pero solo de cosas buenas. Cuando sean mayores, ellas decidirán qué opinar al respecto.



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