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Mil años de Los Simpsons

John ya podía vivir virtualmente para siempre dentro de la última generación de computadoras cuánticas. Los avances en tecnología habían finalmente logrado alcanzar la cantidad necesaria de qubits para simular a la perfección el cerebro humano. Esta nueva frontera en inteligencia artificial permitía recrear sin problemas las caricaturas que más le gustaban, incluso generando episodios completamente nuevos con los mismos personajes y voces que John reconocía desde su infancia. Estos nuevos capítulos eran tan divertidos, creativos y poseían ese humor irónico que siempre había encantado a John.

Con esta tecnología revolucionaria, John podía experimentar una inmortalidad virtual. Podría pasar siglos y siglos inmerso en un paraíso de entretenimiento y aprendizaje continuo. Ya no había límites para su exploración y disfrute de los mundos imaginarios que tanto amaba.

Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo, John también se dio cuenta de que su experiencia virtual comenzaba a carecer de novedad. A pesar de la perfección de las simulaciones, la repetición constante de las mismas historias, personajes y situaciones comenzó a erosionar la emoción y el sentido de descubrimiento.

El cielo virtual en el que John residía se convirtió en una jaula dorada, y el infierno no era otro más que la tediosa repetición del mismo día una y otra vez. Aunque John podía disfrutar de su contenido favorito, también anhelaba nuevas experiencias, desafíos y sorpresas.

Decidió entonces que debía ampliar sus horizontes virtuales. Utilizando su vasto conocimiento sobre inteligencia artificial y las capacidades de la computadora cuántica, se embarcó en la creación de su propio mundo virtual, uno en el que pudiera ser el protagonista de nuevas aventuras y donde las posibilidades fueran infinitas.

Construyó un vasto universo digital, lleno de tierras inexploradas, seres fantásticos y misterios por resolver. En este nuevo mundo, John era libre de vivir diferentes roles y explorar diferentes personalidades. Podía embarcarse en viajes épicos, experimentar amor y amistad, o enfrentar desafíos que pondrían a prueba su ingenio y valentía.

La emoción y el sentido de maravilla volvieron a cobrar vida para John. Cada día traía consigo nuevas oportunidades y descubrimientos emocionantes. Se dio cuenta de que la verdadera inmortalidad virtual no se encontraba en la repetición constante, sino en la creación y exploración continua de nuevos mundos y experiencias.

A medida que John compartía sus creaciones con otros entusiastas del mundo virtual, también descubrió una comunidad de individuos igualmente apasionados por la expansión y la experimentación. Juntos, colaboraron para crear universos compartidos y desafíos interconectados, llevando la experiencia virtual a un nivel completamente nuevo.



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