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La chica de Viña

Como cada tarde, estoy sentado en el viejo bar de siempre, observando a través de la ventana panorámica el andar lento de la gente por las calles de Viña. Las olas del mar se balancean suavemente, arrullando la costa con su perpetuo vaivén. El sol comienza a despedirse, bañando la playa con tonos dorados y anaranjados. La cálida brisa arrastra el sabor salado del océano.

De pronto, la veo. Como siempre, como cada día, puntual a su cita con el ocaso. Su vestido veraniego danza al compás de la brisa, una melodía silenciosa que sólo ella parece escuchar. Su pelo, brillante y oscuro, se mueve al mismo compás, creando ondas en el aire. La chica de Viña del Mar.

Desde la primera vez que la vi, ha sido como un alivio en los días fomes, un respiro de belleza y alegría en medio del lío del día a día. Con su trote elegante y tranquilo, parece llevar la esencia de la música en cada paso, una mezcla de ballet y jazz. Cada paso parece seguir el ritmo de una canción que solo ella puede escuchar, y que yo desearía poder oír.

Ella pasa sin mirar, ajena a los ojos que la siguen, indiferente a las miradas de admiración y deseo que despierta. Su figura se aleja, desapareciendo con la puesta de sol y la lejana línea del horizonte. Y aunque nunca se detiene, aunque nunca se da vuelta, su imagen se queda, grabada en el aire, flotando como un recuerdo palpable.

Solo, me pongo a sonreír. Aunque nunca hemos cruzado palabra, aunque nuestras historias nunca se han entrecruzado, la chica de Viña es un pedazo de este lugar que guardo conmigo, un pedazo de la magia y la belleza que hacen a Viña algo tan especial.

El sol se ha ido y la playa se ha oscurecido, solo la luna llena alumbra la costa ahora. Ella también se ha ido, pero volverá mañana, y yo estaré aquí, esperando, con la esperanza de que alguna vez, quizás, la chica de viña me vea también.



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