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El Empresario Cuico

En Santiago, vive un loco exitoso, le diremos Don Jordán. Este cabro es el dueño de una cadena de venta de completos, una inmobiliaria y una compraventa de autos. Aunque está forrado en plata, quiere algo más: que lo pesquen como miembro de la elite chilena.

A pesar de que ha juntado harta plata, Don Jordán siempre ha tenido presente sus raíces humildes y la falta de educación universitaria. Ahora, a mitad de camino de su vida, decide que ya es hora de cambiar la mano. Quiere transformarse en un cuico de tomo y lomo, un bacán de la alta sociedad.

Así que Jordán se pone las pilas para cambiar, contratando a una pila de profes particulares: un profe de historia del arte, una coach de etiqueta, un maestro de baile y un entrenador personal. Aunque le pone wendy, Jordán es medio malo para aprender y su desconocimiento de las 'reglas no escritas' de los cuicos a menudo lo llevan a pasar planchas.

El profe de historia del arte no paraba de reírse cada vez que Jordán confundía a Picasso con Pizarro. Su coach de etiqueta suspiraba con cada cucharazo de sopa que Jordán lanzaba sobre su corbata, y el maestro de baile... Bueno, Jordán parecía un lobo marino en patines cuando intentaba bailar.

Un día, en una pasadita por el barrio alto, Jordán conoció a Victoria, una mina cuica de verdad. Era una reina de la alta sociedad y Jordán quedó enamorado de ella. Pero Victoria lo miraba como si fuera un bicho raro. Sin embargo, eso no bajoneó al Jordán, que se propuso conquistarla igual.

Organizó una fiesta cuática en su mansión de Lo Curro. Invitó a la crema y nata de Santiago, incluyendo a Victoria. Se puso el traje más caro, contrató a la mejor orquesta y sirvió la comida más sofisticada. Pero las cosas salieron mal desde el comienzo.

Cuando Victoria llegó, Jordán intentó darle un saludo cuico, pero terminó echándole champán encima. Luego, quiso impresionar a sus invitados con una charla sobre arte, pero terminó confundiendo a Dalí con Da Vinci. Cuando llegó la hora del baile, se enredó con sus propios pies y se fue de hocico sobre la mesa de postres.

La fiesta fue un despelote total. Los invitados se reían a carcajadas y Victoria se fue temprano, visiblemente incomoda. Pero Jordán no estaba triste. Mientras limpiaba el pastel de su traje, cachó que no necesitaba ser cuico para ser feliz. Era rico, sí, pero también era un cabro sencillo que venía de abajo. Y nada iba a cambiar eso. Decidió que ya era suficiente de tratar de ser alguien que no era.

Desde ese día, Jordán dejó de intentar ser un cuico y empezó a disfrutar de su vida tal cual era. Con su estilo a la chilena, su sopa volcada y sus pasos de baile de lobo marino.

Ahora Don Jordán va a comenzar a incursoniar en la música urbana.



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