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Mi propio destino

Cumplí 12 años de relación. Si bien nos conocimos carreteando y luego seguimos unos meses más en eso, evolucioné en ese aspecto. No siempre se puede vivir así, pero obvio que los primeros meses del pololeo todo es sobre nubes. Estaba enamorada hasta las patas, por fin había encontrado a mi príncipe azul. Era amoroso, preocupado al cien por mí, demostrativo ante todos de su amor. Con mis hijos nunca se metió más allá y había respeto de su parte hacia ellos.

Con el tiempo me di cuenta de que le gustaba siempre tomarse una cervecita. Si bien nunca se llegaba a emborrachar ni hacer atados, nunca le faltaba la excusa. Si hacía frío, si hacía calor, si le fue bien, si era viernes, sábado o domingo, en fin, la excusa no faltaba. Si bien no me gustaba que lo hiciera, como nunca se emborrachaba ni molestaba a nadie, lo normalicé.

Con el correr de los años, tuvimos un hijo y él seguía con esto. La relación se puso ultra inestable y yo mega tóxica porque no veía evolución de su parte. Su lema era: mientras alguien no se muera, todo está bien. No había estabilidad económica de su parte y yo siempre muy organizada. Casi nunca me faltaba para pasar con lo necesario el mes a mes.

Cuento corto, a fin del año pasado le dije que ya no seguía con él y que no me buscara más. Estaba decidida hasta la muerte, ya que me aburrí de pelear siempre por su inmadurez y de no sentirme feliz conmigo misma. Además, el mal ejemplo que daba nunca quiso reconocerlo. Un día muy nervioso, él me pidió que no diéramos por terminada la relación y que se iba a internar para sanar una depresión que sentía que tenía más el problema del trago. Así que, en base a eso, le dije que volvería a creer en él y al día siguiente lo acompañé al centro de rehabilitación.

Estando allí, me enteré de que este último año se había vuelto adicto a la coca y que por eso nunca se le veía la plata. Para más, empezaron unas llamadas de amenaza para pagar una deuda que tenía. Se me cayó lo poco de amor que me quedaba por él. La decepción que siento en este momento me llevó a dar un paso al lado y botar mi palabra de acompañarlo en este proceso. Siempre le pedí que dejara de tomar y pasara más tiempo dentro de la casa con nosotros. Le advertí que esto no era bueno, pero la verdad es que siento vergüenza de tener a alguien así. Pienso que si él de verdad me hubiese amado, como él lo repetía cada vez que podía, hubiese tomado cartas en el asunto y ahora no tendría que estar encerrado reparando algo que tenía solución.

Creo que somos nuestros propios dueños y somos lo que queremos ser. Obviamente, hay veces que cuesta cumplir nuestras metas y a veces no es fácil, pero ser un buen ejemplo para los hijos es fundamental.



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