Casualaes
Esto no tiene nada de laboral. Es más bien un desahogo porque mi orgullo no me permite buscar al al sujeto de mi despecho, que por cierto ni siquiera es despecho.
Luego de una eterna relación de más de una década y de una 'veda' autoimpuesta por más de 3 años, decidí lanzarme a la caza nuevamente y sí, me metí a las apps de citas. Al principio me sentí halagada con todos los matchs que recibí y esos comentarios bien engrupidos en donde me tildaban como la musa de sus sueños más eróticos y/ o románticos. Volví a mis 15, por más ridículo que me parezca y esté bordeando las cuatro décadas. Me pareció genial recibir toda esa atención de parte de tipos que jamás había visto en mi vida; es más sentí que podía subirme a mi nuevo ego y lanzarme al suelo si es que algún momento me abrazaba a la idea del suicidio.
Lamentablemente, la realidad destrozó mis ideales románticos y fui conociendo a pelotudo tras pelotudo. El primero, un tipo que parecía haber sido sacado de un cuento, resultó ser un chanta nivel Dios: su vida completa era una invención de las fantasías que ideaba en su cabeza. Después del desteñido príncipe mitómano, conocí a un montón de sexópatas que insistían en enviarme fotos de sus 'amigos' a cambio de mi anatomía no siliconada. Jamás había conocido tanto personaje extraño en mi vida, así como tampoco me había dado cuenta de lo imbécil que puede llegar a ser una persona. ¿Qué onda? ¿De verdad piensan que a nosotras nos parece hiper mega sensual ver a un 'pilin' desconocido, erguido como soldado saludando a la bandera?
!Se fueron todos bloqueados!
En fin, cuando estaba a punto de desistir, apareció 'Él' : no era sacado de un cuento de hadas, tampoco era la copia de Henry Cavill, pero había algo en su forma de expresarse que me llamó poderosamente la atención. Era simpático, bastante clever y no se mostraba como el amante fogoso y ultra hormonal que ya me asqueaba. Como es evidente comenzamos a chatear. A medida que lo iba conociendo me iba gustando más y más. Me enviaba audios con esa vocecita de recién despertado, que me hacía pensar en la maldad. Solía imaginar cómo podía lograr que esa voz ronquita se volviera más ronca y jadeante mientras miraba sus fotos y mis hormonas se exaltaban. Me tenía on fire. Pero no me tenía 'on fire' solo por su apariencia física, sino por todo lo que él era: su carisma, su personalidad, su inteligencia.
Estuvimos chateando más de un mes, todos los días. Nunca lo vi como mi futuro esposo ni tampoco como mi príncipe azul; a estas alturas no busco príncipes desteñidos, sino un hombre normal que me acompañe un ratito o por siempre en la vida y que, en ciertas ocasiones, se transformé en un animal. Entre él y yo había complicidad; un dejo de intimidad que nos permitía compartir detalles íntimos de nuestras vidas. También existía la atracción y una química tremenda, o, al menos, eso pensaba yo. No me sentía enamorada, pero creía que él podía ser el hombre que buscaba.
Al cabo de un mes y medio, llegó la esperada cita. Había llegado el momento de vernos cara a cara. Después de años de no haber estado con una persona y no de haber dado un miserable beso, estaba mega nerviosa. Pero aún así agarré mis mejores 'trapos', me saqué los cañones de las piernas, me maquillé como jamás lo había hecho y esperanzada con el encuentro me lancé a la batalla. Esa noche había mambo y tenía que estar a la altura de los hechos.
Con la guata revuelta y el corazón en la garganta llegué al encuentro. Y ahí estaba él: alto, wapito, sonriente. Y ahí estaba yo: menuda, chascona, tembleque. No sé si sonreí al verlo o puse cara de loca, pero nos dimos un abrazo y nos sentamos a conversar. Mi ansiedad me tenía al borde del colapso y mi déficit atencional me hacía pensar puras weas. Él hablaba y hablaba mientras yo, sudada como estropajo, trataba de controlar el temblor de mis manos. La verdad no sé qué me contaba, porque por más que me esforzaba en prestarle atención mi mente me llevaba a navegar por otros lados. De pronto dije algo, no sé qué, y sentí que algo me agarraba del labio. !Era él! !Me había besado! Pero no era el beso tierno que te permite sentir cosquillitas; era un mordisco brutal que casi me arranca un trozo de labio. Me tragué el dolor y con lágrimas en los ojos le sonreí. Pensé que había sido un impulso no más; la típica confusión del primer beso. Entonces lo besé yo, pero por más que trataba de encontrar su lengua no lo logré. Solo encontré dientes y más dientes, que se enterraban en mi boca e insistían en arrancarme la piel. Lo dejé pasar. Al fin y al cabo, mis hormonas ya estaban alborotadas con su perfume y esa voz sensual. Quería más y no me importaba la tortura a la que me estaba sometiendo.
En un minuto determinado, él me dice que se tiene que ir porque al otro día tenía que laburar. Asentí, y él me preguntó si volveríamos a vernos. Obviamente le dije que sí. Pagamos la cuenta y nos fuimos al estacionamiento. La pasión flotaba en el aire. Nos besamos nuevamente. Él con su instinto de caníbal y yo con mis ganas de 'poseerlo'. Las manos de él flotaban por mi cuerpo; me tocó hasta la conciencia y obviamente yo también palpé la de él. Creo que estuvimos como una hora 'dándole gusto al cuerpo', hasta que llegó el momento del adiós. Entonces nos separamos y cada uno a su auto. La había pasado bien y el dolor en la boca no era más que una pequeña anécdota.
Llegué a mi casa con la boca hinchada como sapo. Me parecía a ' Kinnikuman', pero no me importaba. La relación era prometedora y, quizás, en algún momento le diría que me besara de otra manera. Había tiempo y esto recién comenzaba. Al otro día le escribí en la noche y él respondió. Luego pasaron los días y ninguno de los dos dio señales de vida. Dejé pasar una semana y volví a escribirle. Después de todo, me gustaba conversar con él: su charla era amena y lo consideraba mi amigo. El mensaje que le envié fue de agradecimiento; onda gracias por todo, esa noche la pasé muy bien y bla, bla, bla. Recibí como respuesta un audio; se notaba nervioso, un poco ansioso. No seguí la conversación, porque no sabía qué decirle. Si le decía que nos volviéramos a ver, me mostraría muy ganosa. Si le preguntaba qué le pasaba, me mostraría algo desesperada por su lejanía. Preferí no decir nada, porque sí él quería volver a verme me buscaría.
Pero no me buscó ni yo a él. ¿Me hizo Ghosting? Tal vez, y quizás él piensa que yo se lo hice a él. Nunca más volví a escribirle, así como él tampoco. Aunque debo reconocer que, a veces, me siento tentada a escribirle, pero no lo hago por orgullo y por amor propio. Además, hay demasiadas preguntas que quedaron sin respuestas: ¿no le gusté lo suficiente? ¿me tocó algún rollo? ¿le caí mal? Quizás, jamás entienda qué pasó, pero trato de no pensar más de la cuenta. No sé si él llegará a leer esto, pero si por esas casualidades de la vida lo hiciera, me gustaría decirle que fue lindo conocerlo, que le tenía unas ganas increíbles, que adoraba nuestras conversaciones, que a veces extraño esas madrugadas en su virtual compañía y que me pareció un hombre bello, más allá de lo físico. No me enamoré de ti ni nada por el estilo. No rompiste mi corazón, solo me hiciste volver a la realidad y mataste una ilusión. Esa ilusión de pensar que en esas apps se puede encontrar el amor, pero no el amor 'ñoño'; sino el amor de dos personas adultas, que detienen unas horas al día el ajetreo de sus vidas para disfrutar de su mutua compañía. Ese amor que te permite disfrutar del sexo sin tapujos, que te hace vibrar la carne y también el espíritu.
De todo corazón te deseo lo mejor de la vida. Espero que todos tus sueños y tus anhelos se vuelvan realidad. Por mi parte, me retiró oficialmente del amor porque en estos tiempos parece que nadie está dispuesto a entregar algo más y solo buscan relaciones efímeras y sexo casual.
