Soy médico, siempre he trabajado en el sistema público.
En los primeros años, mirando retrospectivamente fui explotada, obligatoriamente tenía que hacer turnos, no porque quisiera... veía hasta 150-180 pacientes solo en un turno. A pesar de eso tenía que seguir viendo pacientes al otro día. Muy cansada, mareada de sueño. Ni el café me despertaba. Eso a las autoridades no les importaba.
Así ocurre en provincias, cuando uno recién egresa te vas a trabajar, a veces no están los medios, tratas de ayudar en lo máximo, con sueños, vocación, sacrificas vida y familia. Esta confesión es mi desahogo porque pocas personas notan el esfuerzo que uno hace, sobre 30 horas de trabajo, sin dormir, pero tratando de saludarlos con la mejor sonrisa para ayudarlos en lo que necesitaban.
Hasta recibí reclamos porque tenía gente en sala de espera, obvio estaba solo y no soy un robot, no entiendo cómo no se juntaba más gente afuera. A veces no almorzaba por atender más personas (ojo, que alguno dirá, le pagaban más, pues no, el sueldo al final del mes es el mismo). Pese a eso, me gritaron, hasta recuerdo una ocasión en que casi me golpean. Así es como uno se desilusiona, por un tiempo... Y luego sigue...
No he dejado el sistema público, nunca he trabajado en una clínica, pero dejo esta confesión para mostrarles que no todos hemos perdido la vocación. Veo a diario médicos de hospitales públicos que se esfuerzan cada día por sus pacientes, pese a que no están los medios (los exámenes necesarios, los insumos, la infraestructura). Aún así, los pacientes salen adelante porque hubo un equipo que a pulso lo logró.
