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Un trabajador más

Después de un año y medio de buscar trabajo, encontré uno muy bueno: buena paga, cargo de jefatura, un proyecto interesante; el único problema era el lugar, otra ciudad.

Me levantaba en la madrugada, tomaba bus y después debía tomar otro transporte para llegar a la empresa. Por los horarios de los buses, únicamente me servía uno en el que llegaba siempre 30 minutos antes de la hora de entrada.

El trabajo era duro, con muchos jóvenes problemáticos e inmaduros, una directiva desconectada de la realidad y un futuro incierto. La hora de salida era a las 19, pero siempre salía antes de las 22 por que a esa hora salía el último bus. Llegaba a medianoche a la casa, obviamente todos ya dormían, y repetía la rutina todos los días. Así pasaron semanas y meses, hasta que descubrí que mi pareja prácticamente había encontrado un reemplazo ante mi ausencia entre semana. Casi destruye mi vida, pero seguía trabajando con el mismo empeño como en el principio, pasando los fines de semana intentando compensar el tiempo perdido, pero el daño ya estaba hecho, así que cada día procuraba buscar una opción entre renunciar al trabajo y postular a otro más cerca, o irme definitivamente a la otra ciudad, lo cual implicaría dejar a quienes fueron mi familia.

En ese momento encontré a una persona en el trabajo que me cambió la vida, y lo sigue haciendo, una compañera que me ha enseñado muchísimas cosas, y con quien quise rehacer mi vida. En el preciso instante en el que decidí irme de la casa y cambiar de ciudad, me enteré de mi despido. Después de dos años de total entrega, absoluto compromiso y sacrificar mi vida entera por el trabajo, sin otra razón pierdo lo único que tenía: empleo.

Una vez más vi cómo se reemplaza un trabajador igual que un objeto, sin importar absolutamente nada. Perdí a mi familia, a la persona con quien pude rehacer mi vida, mi trabajo y ahora que no tengo nada, y me doy cuenta que estoy exactamente igual que cuando tenía todo eso, pero nunca tuve lo único importante: a mí mismo.



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