Hay que poner el pecho a las balas
A los papitos luchones les digo, el problema no son sus engendros, son ustedes.
Salí de una relación en donde al papi se le atravesó la idea de que yo odiaba a su hijo. Mil veces le dije que el problema era él, no el cabro chico.
Si bien el niño no era santo de mi devoción, jamás lo miré feo, ni mucho menos, lo atendía bien e incluso el cabro llegaba bien contento cuando venían a verme.
En resumen, eran las actitudes del papi que me reventaban, creía que el niño era lo mas maravilloso del mundo, un día este niño le tiró un escupo en la cara al papá y el salió diciendo que era un niño travieso (yo le habría dado vuelta la cara de un cachuchazo).
Otra vez viajamos los tres y el papi dejó al mocoso que escogiera la habitación para dormir, por supuesto escogió la matrimonial y nosotros con el papi dormimos en una litera. Y así un sin fin de cosas, como ver monos toda la tarde del domingo y si yo quería irme a mi casa me decía que era mala onda y que así las cosas no iban a funcionar.
Papis luchones, nadie quiere hacerse cargo de su permisividad producto de su propio sentimiento de culpa.
