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Arrepentimiento pedagógico

Confieso que trabajo en el rubro de la educación y tenía el cargo de jefe de UTP. Fue jefe por varios años pero con el paso del tiempo me picaba el bichito de volver al aula, aunque lo ignoraba. Hace dos años llegó un colega jóven a trabajar al liceo. Yo mismo lo entrevisté y desde el principio demostró ser alguien muy responsable que hacía bien su trabajo. Su ímpetu juvenil y toda su vocación me entusiasmaba y una vez le confesé que me gustaría volver al aula después de tantos años de jefe.

Él me dijo que por qué no lo hacía, que la vida era corta y había que disfrutarla al máximo y frases de ese estilo. Cada vez que se daba la ocasión me animaba y a la vez su energía me contagiaba y me hacía dudar más. Un día, sin decirle a nadie y de un arrebato hablé con el director y le dije que quería volver a hacer clases. Él me dijo que lo pensara bien porque había depositado toda su confianza en mí y que la cosa no estaba muy buena para los profesores de mi área en términos de empleo.

Le dije que ya lo había decidido y que no había marcha atrás. El director medio a regañadientes aceptó y me deseó buena suerte, lo que sí, me dijo que terminara el año mientras buscaba un reemplazo para mí. Al único que le conté fue a este colega nuevo, pero su reacción no fue la esperada: me dijo que él me hablaba de broma, que cómo se me había ocurrido echar pie atrás, pero que bueno, ahora tenía que ponerle el pecho a las balas.

Eso me hizo cambiar de opinión y creía que estaba a tiempo pero por rumores de pasillo supe que ya teníamos jefe de UTP para el próximo año. Un día estábamos almorzando con este colega, con quien terminamos entablando una amistad y me confiesa que él sería el nuevo jefe de UTP, pero que no se lo dijera a nadie. Fue extraña la sensación porque él siempre me pedía consejos como su superior y yo siempre lo ayudaba, pero ahora se iba a dar vuelta la tortilla. Ese verano la pasé mal porque estaba arrepentido. Había sido un arrebato.

Bueno, llegó este año y la verdad es que todavía se siente raro. Él es una buena persona, pero a veces me ha tenido que manduquear y yo acatar. Cuando está de mala no hay nadie que lo soporte, ni yo, pero antes lo mandaba a freir monos y ahora solo puedo soportarlo. Todos dicen que ha hecho un trabajo excelente, el director lo ama y yo sigo arrepentido.



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