La practicante
Trabajaba en una editorial y había acumulado suficiente experiencia como para sentirme seguro; llevaba 12 años trabajando en esa empresa.
La editorial tenía un convenio con una institución educativa donde se formaban técnicos, y todos los años recibía al menos 2 practicantes a los cuales yo formaba. Sinceramente, no me molestaba enseñar y creo que lo hacía bien, aunque la gran mayoría había recibido formación solo como diseñadores y gran parte de mis funciones eran como ilustrador.
En una ocasión, llegó una chica muy joven con habilidades como ilustradora, pero, como es lógico, le faltaba experiencia. Me entusiasmé, ya que era un reto diferente: podía aportarle conocimientos artísticos y, a la vez, recibir ayuda. Me gustaba enseñar; lo había hecho con niños y adolescentes durante varios años para otras instituciones. La chica era muy joven, buena persona, bastante agradable y tenía conocimientos básicos de arte y cultura general. Aprendió muy rápido, como imaginé, y se esforzaba al máximo. Cuando terminó su práctica, el jefe le ofreció un puesto en el departamento, lo cual me pareció apropiado, ya que sería una excelente ayuda y llegaba en un momento oportuno debido al volumen de trabajo.
La institución, en aquel entonces, tenía muchos departamentos con funciones distintas pero relacionadas con la producción editorial. Uno de ellos estaba conformado por docentes encargados de los contenidos de los libros; dentro de ese grupo se encontraba la esposa de mi jefe.
Con el ingreso de la nueva chica, poco a poco, la directora académica (esposa del jefe) empezó a pasarle todas las tareas que yo habitualmente realizaba. El problema era que cada vez le asignaba más tareas a mi nueva compañera de trabajo y menos a mí. Por esa época, la editorial había contratado a una auditora externa que, mes a mes, nos pedía un informe detallado de labores sobre los trabajos realizados y el tiempo invertido, algo normal en el mundo laboral. Es aquí donde mi situación laboral comenzó a complicarse y se tornó sumamente incómoda, porque, como pueden imaginar, llegó un momento en que mi compañera tenía un 70% del volumen de trabajo en su mesa, mientras yo tenía solo un 30%, y así, poco a poco, me despojaban del trabajo que requería mayor conocimiento y experiencia. Había otro problema: por edad, yo estaba a pocos años de mi jubilación y era consciente de que conseguir otro empleo sería muy difícil, especialmente con el salario que tenía.
Lo hablamos entre compañeros, y más allá de mi oficina, varios docentes me dieron su apoyo. Entendían el problema en el que me habían metido; algunos lograban imponer su criterio frente a la esposa de mi jefe, mientras que otros aceptaban la orden de entregarle las ilustraciones a mi colega. Mi compañera, quizás por inexperiencia, timidez o temor a perder su trabajo, aceptaba todo, aunque la desproporción ya afectara su desempeño y su salud mental. Yo estaba horrorizado, presintiendo un despido "justificado" por mi baja productividad.
Pedí una reunión con la auditora, le dije que tenía que hablar con ella lo más pronto posible. La auditora me dijo que me buscaría luego, pero pasaron los días y nada. Le envié un correo electrónico recordándole la reunión, pero nunca respondió. Todo continuaba igual, y mi intuición me decía que la auditora presentía un problema y no quería involucrarse; solo le interesaba hacer su trabajo. Paralelamente, algunos compañeros me decían que la esposa de mi jefe no se expresaba bien de mí en las reuniones con los docentes, argumentando que yo era muy lento. Llegué a la conclusión de que era víctima de un clásico acoso laboral.
Busqué ayuda legal y me dirigí al sindicato de educadores en busca de apoyo. Por esa época (2010), la abogada me dijo que en el país había poca legislación al respecto, que sería difícil, que tenía que conseguir testigos y que, generalmente, luego no querían atestiguar por temor al despido también. También me sugirió recopilar pruebas físicas (volúmenes de trabajo) y hablar con otros compañeros para que conocieran el problema y generar conciencia grupal, más allá de mi oficina. Me recomendó pedir una reunión y escribirle una carta a la esposa de mi jefe, indicándole todas las irregularidades anteriormente anotadas (sumamente incómodo, pero así lo hice). Yo le entregaría una copia y ella debería devolvérmela firmada.
En la reunión, me dijo que "no se había dado cuenta de la mala distribución del trabajo" y que no me preocupara. Sin embargo, nada cambió. Cansado y frustrado, hice un último intento: fui a hablar con el jefe, le expliqué la situación con su esposa y me dijo que no me preocupara, que mi trabajo era muy valioso y que era reconocido por todos los compañeros.
La esposa de mi jefe tuvo que ausentarse por varios meses debido a motivos de salud, y volví a respirar. Pensé que todo cambiaría, y la situación volvió a la normalidad. Creí que mi pesadilla había terminado. Pero, cuando regresó, un compañero me advirtió que, nuevamente, en una reunión de docentes, volvió a referirse mal de mi trabajo, siempre lo hacía a mis espaldas. ¡Otra vez! No podía creerlo. Mi salud mental estaba a punto de colapsar, y tuve que recibir ayuda profesional para poder resistir. Me preguntaba por qué mi cierre laboral tendría que ser tan estresante, no era justo. ¿Por qué?
Pasaron varios meses hasta que la esposa de mi jefe se pensionó. Volvía a respirar, pero ya había perdido la ilusión y la motivación por mi trabajo, y solo esperaba que llegara el tiempo de mi jubilación.
